Hace dos años y un mes me prometí a mi misma que nunca más volvería pisar una peluquería. Y de verdad que normalmente cumplo lo que prometo, sobre todo lo que me prometo a mí misma, pero… nada, esta mañana, gracias a las técnicas de convicción de mi padre (repetírmelo todo una y otra vez hasta que lo acabo haciendo por cansancio, aunque sólo sea para que me deje en paz y se calle) he ido a una. Y no sólo eso, he dejado que me corten el pelo. Un desastre. Bueno, la verdad es que tampoco está tan mal, pero me lo podría haber hecho yo igual en casa. Y mejor. Sin mirarme al espejo y con las tijeras de la cocina. Una mierda de corte de pelo, tengo. Vale, tengo que reconocer que tenía las puntas muy jodidas, porque llevaba… pues… eso, dos años y un mes sin cortármelo, y tampoco es que me lo cuide demasiado; pero bueno, lo de siempre. Yo le dije a la peluquera que me cortara las puntas. Las puntas; sólo lo imprescindible. Y ella me dijo que sí y me cortó un mechón, me enseñó el largo y me preguntó “¿Así?”, y yo, feliz porque me había cortado solo la punta, le dije que sí, que así estaba bien. Y entonces, la tía se emocionó y empezó a cortar, y yo cada vez me angustiaba más viendo cómo barrían mi pelo del suelo, y la tía cortando y cortando, y… podría decirse que me dejó la parte de abajo del pelo más o menos como me había dicho, pero la parte de arriba… un desastre. Tengo el pelo como las estrellas del pop de los ochenta. Y… bueno, a mi la música de los ochenta me gusta… pero los peinados… no. En fin, esperemos que no sea para tanto. Ahora mismo llevo el típico peinado que te dejan en la peluquería y que no le queda bien a nadie, pero me voy a lavar el pelo antes de que me vea alguien con estas pintas y puede que cuando me lo peine yo… y si no… pues nada, siempre me quedarán las dos coletas. En fin, el lado bueno es que espero que la gente se compadezca de mi y que esta noche vayamos por ahí a escuchar tecnopop, y a reírnos de la gente que no sabe bailar música guay ochentera.