23 de Diciembre, Ana.

Mi padre, Lucía (que, por cierto, está súper guapa… debe ser verdad eso de que el embarazo sienta bien) y yo estábamos comiendo fuera, por aquello de pasar tiempo en familia en vacaciones y porque parece ser que es hereditaria (y efectiva) la táctica de repetir mil veces lo mismo hasta que al final convences. Pues nada, estábamos comiendo en el chino; por eso, cuando llegaron mis padrinos y vieron que no había nadie en casa, llamaron al primero, a casa de los padres de Lucía. Francisco, el pobre hombre, cogió el juego de llaves de mi casa con toda su buena voluntad y les abrió arriba mientras nosotros llegábamos del restaurante, pero al desconectar la alarma, con su memoria de pez, marcó el número anterior, y eso indica que nos están amenazando, vamos, que hemos entrado en casa a punta de pistola y nos han obligado a desconectarla. Así que, lógicamente llamaron por teléfono desde la centralita para preguntar el código de seguridad y saber si todo iba bien, y si no, mandar a la policía, y claro, el padre de Lucía les explicó la situación lo mejor que pudo: “Que no, que yo soy el padre, es que claro, vinieron unos familiares y no están en casa ellos, así que subimos. Pero yo la contraseña no me la sé. Si quiere le digo la de abajo, que es mi casa y esa sí me la sé; si no… llame usted dentro de media hora que seguro que ya están ellos aquí”. Se ve que a los de la alarma les importó una mierda la historia, vamos, que no coló, así que mandaron a la policía a tomar declaración. Para entonces, ya habíamos llegado nosotros, pero aún así el percal que nos encontramos fue importante. La puerta abierta de par en par y un policía hablando con Francisco, que estaba blanco como la leche por la que se había montado, diciéndole que no pasaba nada, que ya se podían ir; mientras mi padrino comentaba todo feliz lo guapita que era una de las policías y les decía a los niños: “¿Veis? Si entran los ladrones, no pasa nada porque viene la policía. Y si hay que declarar, ¡Pues se declara!, ¿Qué tienen que dar parte?, Pues que pasen, que pasen”. En fin, qué historias. Una más para contar a los nietos. Y a Xoel, voy a llamar a Xoel.

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