Archivos para Junio, 2007

Proteger.

Diez minutos y un par de sueños raros (de esos que solo se tienen cuando estás entre la conciencia y la inconsciencia) después, Gabriel Alonso abre los ojos, se destapa, y se estira boca arriba en la cama, tratando de adivinar el misterio del techo de Elidia. El techo en cuestión está pintado de un color verde pistacho que hace que el estómago de Gabriel duela un poco. Desde la habitación oye el agua de la ducha. Se supone que debería levantase, pero no se mueve del sitio; se queda muy quieto y reflexiona sobre cosas sin importancia, como que es precisamente por ese tipo de cosas por las que empezó a estudiar informática, entró a trabajar en esa empresa o decidió, además de por la barra libre, ir a aquella cena de despedida de alguien a quien ni siquiera conoce ni cree que vaya a conocer ahora que ni siquiera trabajan en el mismo sitio; y que seguramente cuando llegue hoy a la oficina tendrá que dar explicaciones a todo el mundo y no tendrá tiempo de pensar en cosas nimias como todo esto. Mientras tanto, se da cuenta de que su camisa está manchada, de que él está manchado, y se pregunta por qué demonios no se quitó la camisa la noche anterior, antes de acostarse con Elidia, y piensa que ahora tendrá que ir de casa de Elidia al trabajo, o de casa de Elidia a su casa, con una camisa manchada de semen, lo cual no le resulta ni remotamente divertido. Aun así se da la vuelta en la cama y sonríe tratando de proteger el recuerdo de la noche anterior. Después de todo, tampoco estuvo tan mal.

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Zurraspas…

 

Hoy tengo que dedicarle esta entrada a “la chica del pelo-negro-pez y la piel láctea“, porque ella me ha dedicado (un sexto de) este texto que me tiene agarrado el estómago desde que lo leí esta mañana. Y es que todavía duele…

Un beso enorme, Elia… a tí y a nuestros Chicos Cuatrocientas.

 

DE CÓMO LAS ZURRASPAS ACABARON CON UN EJÉRCITO DE CUATROCIENTAS PALABRAS

 

Todo comenzó cuando olvidé colgar las zurraspas a secar. Los vecinos cantaban ópera y una dulce luz roja se esparcía por el patio. Empezaron a gotear las palabras, una por una primero, luego de cien en cien, cuatro chorros incesantes que golpeaban las baldosas, toc toc, y luego glub, glub, y las palabras que se hundían y se hundían. Se celebró un funeral en memoria de todas ellas. Una de las chicas lloraba a lágrima viva, ellos se componían torpemente, ajustando y aflojando sucesivamente los nudos de sus modernas corbatas. Nadie dijo una palabra (cuatrocientas eran ya suficientes). Todo se fue escapando poco a poco, lentamente y sin dolor, como los constipados y los malos olores. Entre sístole y diástole, alivio. En las aurículas, penas congeladas, un puñado de años cortos y años largos y ciudades amarillas como ojos de gato. Se acabaron, al caer una tarde de junio, las andanzas de máquina de escribir y partidos de baloncesto, las salidas nocturnas de emborracharse hasta morir un poco, los errores, las miradas de deseo y los abrazos de cariño, todo, sin decir nada, sin palabras (cuatrocientas eran ya suficientes). Todos estaban presentes: la niña de los ojos mojados y los rizos rabiosos, el chico alto alto alto, el del pelo de paja y corazón de león, el de gafas y corbata que perdía por suerte y el de barba espesa que no dejaba ver sus enormes sonrisas, y también la del pelo-negro-pez y la piel láctea, que no sabía si sentirse culpable o irse de vacaciones a tierras más cálidas. Gente del oeste eran todos, menos algún oriundo de la fría meseta, que no por ello estaba más centrado ni tenía menos pena por la marcha de Sofía, de Teo, de Nando y Ana y Natalia, de Esther, de Luis y de Mauro (o Mauro nunca había estado, o se había ausentado mucho antes). Se citaron las anorexias y los golpes, los amores y los cuernos varios, otros entierros anteriores y otras fiestas del fin del mundo. Se citaron en silencio, claro.

Por último, intentaron borrar todas sus huellas, en todas las calles, en todos los bares, en las facultades que les habían visto perder unos miedos y ganar otros. Se despidieron de todo menos del esquema que había quedado incrustado en sus cabezas. En silencio, se retiraron cada uno a un rincón del mundo, a ver moverse las palabras.

 

Posdateando: No hace falta que las contéis… ya lo hice yo… tiene 400palabras, igual que todos nuestros textos.

Y más posdatas: Podeis leer el texto en su contexto original en el tribuna de esta semana o aquí.

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