Hoy tengo que dedicarle esta entrada a “la chica del pelo-negro-pez y la piel láctea“, porque ella me ha dedicado (un sexto de) este texto que me tiene agarrado el estómago desde que lo leí esta mañana. Y es que todavía duele…
Un beso enorme, Elia… a tí y a nuestros Chicos Cuatrocientas.
DE CÓMO LAS ZURRASPAS ACABARON CON UN EJÉRCITO DE CUATROCIENTAS PALABRAS
Todo comenzó cuando olvidé colgar las zurraspas a secar. Los vecinos cantaban ópera y una dulce luz roja se esparcía por el patio. Empezaron a gotear las palabras, una por una primero, luego de cien en cien, cuatro chorros incesantes que golpeaban las baldosas, toc toc, y luego glub, glub, y las palabras que se hundían y se hundían. Se celebró un funeral en memoria de todas ellas. Una de las chicas lloraba a lágrima viva, ellos se componían torpemente, ajustando y aflojando sucesivamente los nudos de sus modernas corbatas. Nadie dijo una palabra (cuatrocientas eran ya suficientes). Todo se fue escapando poco a poco, lentamente y sin dolor, como los constipados y los malos olores. Entre sístole y diástole, alivio. En las aurículas, penas congeladas, un puñado de años cortos y años largos y ciudades amarillas como ojos de gato. Se acabaron, al caer una tarde de junio, las andanzas de máquina de escribir y partidos de baloncesto, las salidas nocturnas de emborracharse hasta morir un poco, los errores, las miradas de deseo y los abrazos de cariño, todo, sin decir nada, sin palabras (cuatrocientas eran ya suficientes). Todos estaban presentes: la niña de los ojos mojados y los rizos rabiosos, el chico alto alto alto, el del pelo de paja y corazón de león, el de gafas y corbata que perdía por suerte y el de barba espesa que no dejaba ver sus enormes sonrisas, y también la del pelo-negro-pez y la piel láctea, que no sabía si sentirse culpable o irse de vacaciones a tierras más cálidas. Gente del oeste eran todos, menos algún oriundo de la fría meseta, que no por ello estaba más centrado ni tenía menos pena por la marcha de Sofía, de Teo, de Nando y Ana y Natalia, de Esther, de Luis y de Mauro (o Mauro nunca había estado, o se había ausentado mucho antes). Se citaron las anorexias y los golpes, los amores y los cuernos varios, otros entierros anteriores y otras fiestas del fin del mundo. Se citaron en silencio, claro.
Por último, intentaron borrar todas sus huellas, en todas las calles, en todos los bares, en las facultades que les habían visto perder unos miedos y ganar otros. Se despidieron de todo menos del esquema que había quedado incrustado en sus cabezas. En silencio, se retiraron cada uno a un rincón del mundo, a ver moverse las palabras.
Posdateando: No hace falta que las contéis… ya lo hice yo… tiene 400palabras, igual que todos nuestros textos.
Y más posdatas: Podeis leer el texto en su contexto original en el tribuna de esta semana o aquí.
Alnitak escribió,
5-Junio-2007 @ 10:05 pm
jooo!!! Acabo de leer el de Elia yahora me lo encuentro aquí. Desde fuera parece una historia de cuento…
Saluditos
maga escribió,
6-Junio-2007 @ 10:09 am
ayss pero qué sensibleras que somos las mujeres… :_)
y ellos no dicen ni pío…
P. escribió,
22-Julio-2007 @ 5:00 pm
Ya estoy aquí!
Gaur escribió,
21-Agosto-2007 @ 1:04 am
Um, vaya. Qué cosas. Pero no no