Archivos para El mundo literario puede acabar contigo

VOS (Sea lo que sea)

Después de leer los 547 comentarios de una discusión en subtitulos.es sobre si hacer los subtitulos del capítulo 6 de la 4º temporada de Dexter (aunque es aplicable a cualquier cosa) en Español (España) o en Español (Latino), yo me quedo con la idea de uno, que dice que para la semana que viene podríamos hacer una versión de Español (Andalú), con cosas como:

- Killo, Dehter ¿Óndeva con esa faca?

- Ahí vamo, sosio, que vi a rajá a un sesino ioputa.

En fin, después de reirme con eso un cuarto de hora (soy de humor fácil, todos lo sabéis), voy a ver el capítulo con subtítulos en Español Latino, que se ve que los hace gente más lista porque son los que están acabados.

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When he was a child…

(Para Edu – Porque es suyo -. )

Cuando era pequeño creía que si adelantaba todos los relojes el tiempo pasaría más rápido.

Después se dió cuenta de que en realidad pasaba más lento cuando le encerraban en el cuarto de las ratas por haber destrozado todos los relojes de la casa.

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Andersen, Grimm & Spielberg

Cuando era pequeña me encerraba durante horas en mi habitación y jugaba a que los cuentos que leía por las noches eran de verdad. Quería meterme en el mundo de cada libro y vivir en los dibujos de cada página. Me gustaba pensar que era la reina de los piratas, y que iba con mi tripulación surcando la colcha azul celeste de mi cama en un barco para encontrar un cofre lleno de monedas de oro. Otras veces me imaginaba que me hacía amiga de una banda de ladrones y robaba con ellos un tesoro. Ese era mi truco, cuando jugaba siempre me hacía amiga de los malos y de los que me daban miedo, porque si eran mis amigos no podrían hacerme daño. Luego, cuando a la hora de merendar volvía al mundo de los mayores, mi abuela me miraba con cara de asombro y me preguntaba con quién había estado hablando. A mi me daba vergüenza, y no sabía qué contestar, así que me bebía rápido el Colacao, cogía el bocadillo y volvía corriendo a mi habitación. Yo no hablaba con nadie, solo estaba jugando en voz alta a que una bruja malvada había secuestrado a mis amigos y les tenía encerrados en su castillo, y que yo tenía que ir muy lejos, montada en mi dragón blanco, a rescatarlos* arriesgando mi vida, luchando contra monstruos y lanzando hechizos mágicos. Pero en el fondo sabía que sólo era un juego y que nada de eso podía pasar. Y me alegro de haber aprendido eso tan pronto, porque saber de verdad que la magia no está en los libros, que está detrás de la próxima puerta, en el bolsillo de un abrigo o a la vuelta de la esquina, es lo que me hace sentir segura cada día (y no quiero que sea de ninguna otra forma).

* Era un rescatarles, eso me pasa por juntarme con gente que habla mal… xD. Yo antes no era así.

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Alcaraván 1.0

(Para Blanca.)

La sensación más horrible que he tenido nunca ha sido pensar que puede que llegue un día en el que me de cuenta de que ya he vivido todas las cosas que merece la pena vivir. Imagino que recordaré, dentro de muchos años, con la tele encendida y en zapatillas de andar por casa, el viaje a París en el fin de curso de 2003, la última asignatura de la carrera, el brillo en los ojos de mis padres entre los aplausos en la obra de teatro del colegio en la que fui protagonista y el brillo en los ojos de mis nietos la primera vez que vieron las luces de colores del árbol de Navidad. Todo eso pasará por mi mente como una película, como dicen que pasa cuando estás a punto de morir. Sin banda sonora, sin interrupciones, fundido en negro entre escena y escena. Y en ese momento me odiaré un poco, y luego sonreiré, y me llenaré de nostalgia, y se me hará un nudo en la garganta y muy probablemente se me llenaran los ojos de lágrimas, porque de ahí en adelante ya no volveré a ser la misma, ya no volveré a creer en las cosas ni a disfrutarlas de la misma forma. El gol de la victoria del primer partido de la liga de fútbol (al final quedaríamos en una honrosa decimosexta posición), mi 6,3 en Análisis Matemático, el llanto de mi primer hijo, sus primeros pasos, la primera noche junto al que en ese momento creía gran amor de mi vida. Todo eso serán momentos que ya pasaron y que no volverán a repetirse nunca más. Me pregunto cómo será vivir después de todo eso. Me pregunto cómo será saber que ya no va a haber más momentos más felices de mi vida.

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Contando.

Algunas cosas se demoran y al final vuelven en el peor momento, cuando pensabas que habían desaparecido de tu vida para siempre. Llevo unos días pensando en esto, pensando en ti, y en qué pensarías tú de todo esto. Puede que, supongo, no me dio tiempo a conocerte tanto, te pareciera que estoy dándole demasiadas vueltas a todo. Yo tiendo a darle demasiadas vueltas a todo y a ti te gustaban las cosas fáciles, simples. Te apetecía hacer algo y lo hacías, tenía que ser rápido. Y si no te apetecía, pues no pasaba nada. Pero… admítelo, cuando nos conocimos no iba a pasar nada. Que pasara algo no era una opción, y aun así, cuando nos besábamos parecía que podíamos acabar con todo el mal de amores del universo. Hoy, sin venir a cuento, me he acordado del lunar que tienes en el cuello, y de cómo te estremecías con el sonido metálico de tu piercing al chocar contra mis dientes. Una y otra vez, una y otra vez. Era divertido, sí. Tú con vaqueros y yo con vestido, corriendo cuesta abajo y nuestros zapatos al lado del camino de tablas. No pensar en que hacía frío, en que era tarde, ni en lo que pasaría después, lo hacía todo mucho más auténtico. Nueve días después nos despedimos en un aparcamiento. No hubo lágrimas (en realidad no sé por qué las hay ahora, o igual sí), ni besos, ni números de teléfono, y volvimos exactamente a lo que teníamos antes de conocernos.

Algunas cosas se demoran y las terminas encontrando en el peor momento, cuando ya casi las habías olvidado. Como tus fotos, las había escondido en el fondo del cajón más profundo de mi escritorio. Ese es su sitio, ya lo sabes… “puedes guardarlas, pero no las veas nunca”. Creeme, te lo prometo: no lo había hecho hasta hoy.

Sinceramente, te recordaba más guapa.

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Domingos.

Los domingos son para despertarse tarde, muy tarde; para pasarte la mañana acurrucada mientras te llega el murmullo de la tele encendida en el salón de los vecinos y del tráfico de la calle. Y piensas un montón de historias que al final no escribirás, y las ideas se pierden con la luz amarilla que se cuela por la persiana.

Los domingos son para tomarse todo el tiempo del mundo en cocinar. Pensar en algo que te apetece de verdad y hacerlo con despacio, por eso de que “para un día que no llegas súper tarde de clase o te haces algo fácil para poder ir a tomar café…” Y te permites el lujo de prepararte algo que normalmente no harías para ti sóla. Porque a veces lo mejor de cocinar es pensar que vas a compartir lo que hagas con alguien más, aunque no sea el caso.

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¿En qué piensas?

(Un texto que no usé para el reto “Cielo” de Verbum Fortuna; básicamente, porque podía utilizarlo para casi cualquier otro reto…) 

Elidia Varsavsky nunca ha temido a nada. De pequeña no tenía miedo a la oscuridad, ni a Drácula, ni a la puerta cerrada, ni a los armarios, ni a los cajones. No le preocupan las tormentas, con sus rayos y sus truenos, no tiene miedo a lo desconocido, no tiene miedo a la edad, al calamar gigante, a un ataque militar, no tiene miedo a equivocarse, no tiene miedo a lo que cuentan los libros. Tampoco le asusta besarse en las esquinas, que un chico la invite a “pasear” a las tantas de la madrugada, ni quedarse sin ropa en cualquier sitio o acabar con los labios y la barbilla enrojecidos de tanto rozarlos contra una barba. No teme volar ni pedir una hipoteca, y tampoco suspender otra vez este año las matemáticas aplicadas. No le preocupa el efecto invernadero, la atmósfera plomiza que se respira los últimos días, o morir intoxicada, de un ataque al corazón o atropellada por un camión cisterna. Nunca temió a las palabras largas, como hipopotomonstrosesquipedaliofobia, a las cosquillas, ni las catástrofes naturales; y mucho menos a abandonarlo todo y empezar de cero. Elidia Varsavsky no ha tenido nunca miedo a nada, excepto, quizás, al sabor agridulce y húmedo que le queda después de que Gabriel le acaricie con la lengua el cielo de la boca.

-        ¿En qué piensas?.
-         En por qué todavía sigues con los pantalones puestos.

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Cuentos.

Me gusta escuchar historias. No todo el mundo sabe contarlas, así que me gusta la gente que sabe contar historias. Me gusta contar historias. Por eso me gustan aquellos que saben escuchar, que te miran a los ojos, como si no hubiera nada más importante que lo que estás contando. Me gustan las personas fantasiosas, exageradas; la exactitud a veces entorpece un buen argumento. Me gustan las personas apasionadas, que no dejan de ser pequeños a pesar de los años. Me gustan los que mantienen cierta inocencia. No me gustan los actos sociales, ni las comidas de compromiso, ni ir a un sitio para ver y ser vista. Me gusta cenar con dos o tres personas, beber zumo, y volver a casa paseando. Me gusta que me cuenten secretos. Me gusta acabar el día con la sensación de que alguien me ha confesado algo muy íntimo.

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A Sam.

Hay letras que me recuerdan momentos. Canciones que me hacen pensar en una persona. Hoy puse una canción, era una prueba. Mientras sonaba, cogiste el teléfono. Sabía que lo harías, supongo que por intuición. Solo siento que la letra no sea la que yo desearía para ti. Ojalá pronto suenen nuevas canciones, y que no sufras bailando sus ritmos.

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Besos.

Josh esperaba ese momento desde hacía meses, cuando, una tarde sucia y gris, vio a Ana en aquel bar, con esos labios como fresas maduras que ahora tenía tan cerca, más cerca que nunca. Incluso notaba su aliento cálido acariciando sus propios labios. Josh por fin iba a saber qué se sentía al besar a Ana. Él esperaba escuchar campanas, o violines, quizá la música más maravillosa que haya escuchado un hombre, quizá el latido de Dios. Pero, cuando Josh besó a Ana, escuchó un solo de Kenny G.

Dios es un mamón.

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